20.10.07

La virtualización después de Second Life

Hoy quiero discutir la cuestión problemática que plantea Second Life (SL a partir de ahora) a la idea de virtualización, entendiendo lo virtual en su versión vox populi, es decir, como algo que no está ahí: existe pero a la vez no.

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Hay un autor francés, Pierre Levy, que en su libro ¿Qué es la virtualización? (Bs. As., Paidos, 1999), plantea justamente el concepto de virtualización de Pierre Levy, con el que se refiere a la problematización de la cuestión principal de una entidad dada. Es la constante “mutación de identidad, un desplazamiento del centro de gravedad ontológico” de la entidad. La palabra solución estaría, a mi parecer, dando cuenta de una respuesta única mientras que la virtualización es definida por Levy como una dinámica, la “elevación a la potencia” de una entidad determinada.

Teniendo en cuenta lo antedicho el fenómeno SL es, si no la solución, el epíteto de la creciente virtualización de la sociedad, entendiéndose esto último no sólo como las diferentes distancias espacio-temporales virtualizadas constantemente por los medios de transporte y de comunicación, sino también como creciente/acuciante necesidad de vivir varias vidas: programas de TV (tanto series como realities -más aún los realities-), revistas, música, incluso (paradójicamente tal vez) libros. Es el vivir la vida propia y la de tantas personas como sea posible, y esto en relación con el constante bombardeo de los sentidos por diversos estímulos, entre los cuales la información es uno de ellos. SL es una de las maneras más recientes que tiene la persona de ir modificando su existencia -una de ellas- a piacere, aquellos que comenzo ya con los foros de opinión y las comunidades virtuales por grupo de interés, aquí se lleva al extremo.

Cabría mencionar también ejemplos más antiguos, remontándonos a Atenas y su ágora pública hasta llegar a fenómenos tan incomprensibles para los legos como los clubes de fans, pero no estoy enteramente seguro de su pertinencia en esta discusión. Entonces para muestra, un botón. El hombre siempre ha buscado vivir varias vidas a la vez: la persona se comporta de manera diferente según este en el ámbito laboral, familiar, o con sus amigos. Siempre y cuando estos ámbitos se mantengan convenientemente separados está ilusión se puede mantener. El mayor inconveniente -besides of keeping your lies straight- es que la persona se ve limitado por la realidad de su propio cuerpo, el cual probablemente va actualizando al ritmo de la moda y las costumbres, pero por su misma perennidad es imposible de virtualizar, no puede convertirse en vector de realidades. En el caso de Second Life esto cambia radicalmente: siendo, como es, el epígono de la virtualización creciente, el cuerpo es maleable así como la personalidad que es transmitida, proyectada. La vida misma se virtualiza, como ya mencione, según la propia percepción de la persona acerca de aquello que le falta, que no puede desarrollar por las trabas impuestas por el ambiente. Al crear su propio ambiente y poder desenvolverse por fuera de las ataduras/necesidades de la vida cotidiana es posible que la persona se deje llevar por su imaginación para llevar a cabo la vita nuova, que lo libere de la anterior, coartada por los límites de lo real.

El punto que queda por señalar es la desterritorialización que provoca SL. Las distancias geográficas, ya virtualizadas en gran parte desde la aparición de los distintos medios de transporte, terminan por, diría con temor a equivocarme, desaparecer. La idea tan mentada hoy en día que la globalización acerca a las personas, en Second Life se efectiviza. Todos viven en un único espacio sin importar desde donde se están conectando. Por supuesto, esta virtualización de las distancias no es total, ya que no podemos dejar de tomar en consideración la aparición de espacios dentro de SL en relación con el lugar de origen de las personas, como por ejemplo, Argentonia, donde hay un obelisco y aparecen diversas figuras y marcas locales (Lanata, revista Noticias). Si esto es una forma de preservar ciertas tradiciones como marca de identidad diferenciatoria dentro de un marco virtual o muestra una atadura al criterio clásico de identidad es algo que no podemos decir en este momento. De hecho, no podemos siquiera asegurar que SL perdurará o será una comunidad virtual más entre tantas que han surgido y desaparecidos (los newsgroups de Usenet vienen a la mente).

¿Es la virtualización un nuevo elemento dentro de la cultura, como lo fue la aparición de la TV o la radio, o en cambio constituye -constituirá- una nueva forma de vivir? Imposible contestarnos ahora, sólo cabe esperar.

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SL pone en discusión la concepción de identidad clásica pensada, según Levy, “con la ayuda de definiciones, de determinaciones, de exclusiones, de inclusiones y de terceros excluidos.” Ocurre, también en palabras de Levy, un “efecto Moebius”, esto es, el pase del interior al exterior y viceversa, donde también se cuestionan las nociones de lo público y lo privado. En SL toda la vida virtual de las personas está a la vista de los demás integrantes de la comunidad. En un mundo real cada vez más fracturado SL viene a problematizar lo que es público y lo que es privado, estableciéndose entre los miembros vínculos más fuertes que entre los que perteneces a entidades reales, incluyendo tal vez la familia. Los participantes de SL (por experiencia propia en foros distintos, pero supongo que la idea se mantiene para Second Life) sienten a sus pares más cercanos que sus relaciones en la vida real. El poder decidir que mostrar y que no, le da a la persona una libertad que en el mundo real (cuando digo real me refiero a físico, no estoy queriendo decir que la vida llevada dentro de SL es menos real que cualquier otra) no tiene. Las cosas, la vida deja(n) de tener límites claros para convertirse en problematización constante (siempre se esta pensando, mientras se participa -se vive (dentro de)- en estas comunidades, en quién soy, cómo soy) del ser, la persona se convierte, por así decirlo, en heterogénea, esta constantemente (y esto es lo importante) volviéndose otro, proceso en marcha de recepción de alteridad.

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Se me ocurre una posible opinión de la ensayista e investigadora Paula Sibilia, teniendo en cuenta lo leído en su libro El hombre postorgánico. Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales (Bs. As., FCE, 2005): “Lo que está en juego en Second Life es, a nivel virtual, la superación del límite biológico más antiguo: la muerte. Debajo de la obsesión actual de vivir muchas vidas, todas las vidas, encontramos el renovado intento de relegar a la muerte a una mera circunstancia biológica, ya que nosotros mismos seríamos tan sólo patrones de información almacenados en algún lugar. El deseo faústico de superar la muerte va de la mano con el control que está en todas las investigaciones tecnocientíficas actuales, en todas las variantes de la técnica, y más aún en la Red de redes. El control social, que busca saber que está haciendo cada uno de sus integrantes en cada momento ha alcanzado un nuevo apogeo con la necesidad imperiosa que sentimos de estar constantemente conectados, con una nueva experiencia virtual sumándose a la siguiente, que hacen que estemos todo el tiempo, de alguna manera, conectados, localizables. La soledad es anatema, el constante “estado de comunidad” virtual es lo que se requiere de nosotros. Y tenemos que quererlo también. Estas experiencias virtuales a las que refiero hacen de la organicidad, de la distancia espacio-temporal, una variable a ser superada, al igual que la muerte. Lo esencial de nuestras personalidad, de quienes somos, en fin, de nosotros mismos está en línea, guardado en algún lugar de la Red en espera de que alguien nos convoque, que un nuevo aprendiz de brujo requiera nuestra presencia. Se acerca el momento, si no es que ya hemos llegado, en que la fugacidad de la existencia será una mera circunstancia biológica, que nosotros estemos en otro lugar. Probablemente ya seamos inmortales y no nos hemos enterado.”

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Mientras que para Levy la creciente y constante problematización de lo real -la virtualización- se adecua con la naturaleza cambiante, logrando una tensión que mantiene en vilo a la sociedad y se transforma así en “uno de los principales vectores de la creación de la realidad” (ibid) . Es esta vectorización, en oposición a la linealidad moderna (y positivista, si se quiere, la del progreso indefinido), la que le da a la realidad un mayor grado de libertad y de realización efectiva. En suma, aquella proclama de libertad contenida en la Revolución Francesa se realiza completamente con, vaya paradoja, la virtualización de la sociedad.

Por su parte, donde Levy ve progresiva libertad [1], Sibila nos advierte sobre la anarquización de la tecnología. Con esto quiero decir que el hombre, por sus objetivos faústicos de controlar todos los aspectos de la vida (y no contento con ello, también de la muerte), termina convirtiendo a la tecnología en un objetivo en si mismo. La mayor necesidad de control que parece surgir del hombre, en realidad, aparece al producirse la confusión, la indiferenciación entre el hombre y la maquina. Esto no es lo mismo que decir que la tecnología controla al hombre, pero si que levanta la acuciante sospecha que, de seguro, el hombre no controla la tecnología: ha perdido de vista sus objetivos en una miríada de adminículos tecnológicos.

Post scriptum
Ambas argumentaciones producen resonancia dentro de su propia lógica interna. La solución, quizás, estaría en salir del sujeto y realizar la crítica a la tecnología desde la práctica misma, tal como lo plantea Scott Lash (Crítica de la información, Bs. As., Amorrortu, 2005); lo cual nos acerca a la posición de Levy pero sin caer en clasificaciones que, por abiertas que intenten ser, terminan siendo reduccionistas y no nos permite alcanzar un conocimiento crítico, siquiera contingente y temporal, de los objetos que estudiamos y que al mismo tiempo nos atraviesan.

[1] La palabra “progresiva” sugiere linealidad así que debe ser tomada como una metáfora incompleta, impuesta por las limitaciones del lenguaje.

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