13.11.08

Patética variación del mito de Proteo

Los argentinos, como usted sabe, nos caracterizamos
por creer que tenemos siempre la verdad. A esta
casa vienen muchos argentinos queriéndome vender
una verdad distinta como si fuese la única.
¿Y yo, qué quiere que haga? ¡Les creo a todos!
-Perón, a Tomás Eloy Martínez, marzo 26 de 1970,
en La novela de Perón.

I

Aquella víspera del 20 de junio de 1973 se vivía en los alrededores del Aeropuerto Internacional de Ezeiza –en todo el país- un clima festivo: regresaba a la Argentina, luego de 17 años de exilio, el general Juan Domingo Perón. Y esta vez era para quedarse. El día anterior, 19, a partir de las ocho de la noche en las inmediaciones de la facultad de Ciencias Económicas y de Medicina, se organizó un festival popular que tenía prevista la actuación de Leonardo Favio, Hugo Marcel y Oscar Alonso, entre otros cantantes populares comprometidos con el peronismo. Algunos pasaron la noche junto a fogones en pleno campo cerca del aeropuerto y hubo quienes montaron una parrilla para cocinar una tira de asado e ir así matando el hambre. Mientras tanto el avión que traía al viejo caudillo estaba realizando su histórico vuelo de regreso a la Argentina. En él viajaban varias personalidades del peronismo, entre las que se destacaban, además de la esposa del general, María Estela “Isabelita” Martínez de Perón, José “el Brujo” López Rega, Raúl Lastiri, José I. Rucci, Giancarlo Elia Valori y Lucio Gelli. Se puede observar, luego de un somero análisis de esta corta lista, que es posible inscribir a la mayoría de acompañantes durante aquel viaje en el llamado peronismo “sindical” o “continuista”, que deberá diferenciarse del sector de movimiento con inclinaciones socialista o de izquierda, como los Montoneros, las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas).

También ese vuelo lo compartía con Héctor J. Cámpora y su esposa María Georgina “Nené” Acevedo de Cámpora. Allí estaba, el último delegado de Perón en la Argentina que había ido a España en busca del gran Líder, al igual que el año anterior, en el primer viaje de regreso. Pero las circunstancias ahora eran bien distintas: el gobierno militar había sido reemplazado por uno peronista y lo que en aquel 17 de noviembre hacía presagiar una matanza, casi un año después auguraban una verdadera fiesta popular. Y aunque objetivamente parezca extraño que un presidente que recién asumió vaya a buscar a otro depuesto y exiliado, no lo era en esos años, ya que Perón digitaba desde Puerta de Hierro los hilos más sutiles de la política argentina o, como quien dice, “todos los caminos llevaban a Madrid”. Por eso no debe sorprender la presencia de Cámpora en ese viaje, ni el continuo ir y venir de las distintas autoridades del gobierno. Para muestra basta un botón: diez días antes del retorno del Viejo al país, el 10 de junio, el ministro de Trabajo, Ricardo Otero, estaba en Barajas aguardando al general, que había viajado a Barcelona a hacerse un chequeo médico con otro ministro argentino, en este caso el mucamo devenido en ministro de Bienestar Social, Lopéz Rega. En esos días también pululaban por Madrid el director de Canal 7, Juan Carlos Gene y un funcionario de la secretaría de Prensa y Difusión, con vistas a ultimar los detalles del viaje. Eso sí: el único que no había pisado tierra española era el embajador José Cámpora Martínez, quien acababa de obtener el acuerdo del Senado.

Ese “fervor” peronista tan típicamente argentino terminó por sobrepasar las rígidas estructuras gubernamentales. Y el fervor pre-regreso invadió al pueblo peronista quien se lanzó a las calles a “expresarse”. El 12 de junio, en el diario La Opinión, se publicaron las dependencias estatales, medio de comunicación, hospitales, etcétera, que estaban ocupadas por distintos sectores del peronismo. Pueden destacarse:

- “Las emisoras rosarinas que habían sido tomadas siguen en poder de la Juventud Sindical Peronista, que responde a la conducción nacional de la CGT.

- En Córdoba, activistas de la JP, JTP y JUP[1] ocupan instalaciones de radio y televisión de la Universidad Nacional.

- En horas de la mañana, un grupo de militantes de las 62 Organizaciones ocupan dependencias del Departamento Provincial del Trabajo, en Rosario, con el objetivo, según anuncian, de “preservar el organismo laboral de toda actitud que perturbe el normal funcionamiento del gobierno popular.”

- En Neuquén, jóvenes peronistas ocupan durante una hora y media las instalaciones de LU19, La Voz del Comahue. Imponen el nombre de general Juan José Valle a la emisora y luego de emitir algunos comunicados procedieron a devolverla.”

Era de esta manera como los distintos grupos intentaban forzarle la mano a Perón hacia derecha o izquierda. A estas ocupaciones en masa el entonces ministro del Interior –hoy Procurador General de la Nación- Esteban “Bebe” Righi tuvo que salirles al cruce, el 17 de junio, ordenando el fin de las tomas.

El país sostenía la respiración a la espera del regreso del Hombre. Para preparar la vuelta fue que se creó la pomposamente autodenominada “Comisión Organizadora por el Regreso Definitivo del general Perón a la Patria”, compuesto por Jorge Osinde, oscuro personaje encargado de la seguridad del Viejo, Norma Kennedy, por la Rama Femenina, el secretario general del peronismo, Juan Manuel Abal Medina, Lorenzo Miguel, Rucci y el Brujo.

Dicha comisión se centro en los aspectos logísticos del acto: levantar tribunas, coordinar los aspectos médico-sanitarios, imprimir folletos y movilizando ambulancias. Tan importantes se sentían que el mismo Perón tuvo que salir a desmentirlos asegurando que iría a la residencia de Gaspar Campos, en Vicente Lopéz, y no a la Casa Rosada, como lo aseguraban –como pretendían- los miembros de la comisión pro-retorno.


Hagamos una patria peronista
pero que sea montonera y socialista
-Cántico montonero

II

Las distintas columnas, desde la noche anterior, iban acercándose al palco. El país estaba parado, las clases se habían suspendido desde el 19 al mediodía hasta el 21 a la tarde. El 20 amaneció un día “peronista”: en las inmediaciones del Puente 12, donde estaba el palco oficial instalado por la comisión, la multitud fue calculada en 3 millones de personas, el doce por ciento de la población total de aquella época. Entre esa multitud se encontraban las columnas movilizadas por las organizaciones armadas peronistas: Montoneros FAR, FAP y el sector del ERP “22 de agosto”.

A las 10 y media de la mañana se produjo la primera escaramuza cuando una columna de la JP intento acercarse al palco y logró ser disuadida por la custodia. Para el mediodía, la Juventud Sindical Peronista y los manifestantes sindicales, distinguibles fácilmente por sus brazaletes color verde, habían ocupado la hondonada más cercana al escenario. Las primeras refriegas se produjeron cuando las columnas de la zona sur intento ocupar la parte trasera del palco, considerada “Zona de Seguridad”. Estas columnas llevaban estudiantes de la JP, JTP (Juventud de Trabajadores Peronistas), Montoneros, FAR, FAP y otras agrupaciones pertenecientes a la “Tendencia Revolucionaria”, identificables por los brazaletes negro y rojo de los jóvenes que actuaban como cordón de seguridad de sus multitudinarias columnas. A las 14:30 aproximadamente fue enviada del palco una delegación para convencerlos que se desviaran. Al no llegar a un acuerdo la columna siguió su camino, por detrás del palco, para lograr ubicarse del otro lado. Y es en ese instante cuando dio comienzo la masacre.

Luego de ser intimidados por los parlantes para que detuvieran su marcha comenzaron los disparos. La versión en la que la gran mayoría coincide es la publicada por el matutino La Opinión, en donde se relataba que se les dijo a los cabecillas de la columna que los tenían en la mira para inmediatamente después producirse la primera ráfaga. Cuando la columna se desbanda la confusión produce que los hombres de Osinde se disparen entre sí, masacrando a los adolescentes de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios), que quedaron atrapados en medio de la balacera. Los detenidos fueron cruelmente torturados, según el posterior testimonio de Leonardo Favio, quien actuaba aquel día como locutor oficial y presenció el transcurrir de los acontecimientos.

Mientras tanto el arribo de Perón se demora para las 15.30, 16.30, 16.45. Y cuando se produce un sobrevuelo del avión el ruido de bombos, pitos y sirenas se confundió con el silbido de las balas. Así comenzaba el segundo tiroteo de la tarde. Es en esos momentos cuando Leonardo Favio sugiere entonar las estrofas del Himno Nacional, lo que provoca una mezcla de voces que oscila entre el patetismo y el drama, y que Horacio Verbitsky relata en su libro Ezeiza: “…el grito sagrado, libertad, libertad, libertad… pero vienen del lado de atrás… ya su trono dignísimo abrieron… Manchuca, para ese lado que tenemos armas ahí… ¡Oh juremos con gloria morir!... no tiren compañeros, no tiren…”.

A las 16.30 Vicente Solano Lima, el vice en ejercicio de la presidencia, decide finalmente que el aeroplano aterrice en la base aérea de Morón para preservar la vida del Líder, pasando por sobre la opinión de Cámpora al hacer uso de su fugaz investidura. “El presidente, por ahora, soy yo,” dijo.

Ya desde Morón, apenas retoma el mando, Cámpora da un mensaje radial intentando transmitir tranquilidad a la población, refiriéndose al buen estado del general Perón, y anuncia un discurso de este a las veintiuna horas, pidiendo a continuación que se haga cierta la añeja frase del Conductor: “de la casa al trabajo y del trabajo a casa”.

Cuando los chinos quieren matar a los gorriones no dejan
que se posen en los árboles. Los hostigan con palos, no
dejan que se posen, y así les van quitando aliento, hasta que
se les rompe el corazón- Con lo que quieren volar mucho, yo
hago lo mismo. Dejo que vuelen. Tarde o temprano,
todos se caen, como los gorriones.
-Perón, a Tomas Eloy Martínez, junio 20 de 1966,
en La novela de Perón.



III


En el discurso Perón pregona la paz, la liquidación del extremismo y advierte a los infiltrados de izquierda dentro del movimiento señalando que “por ese camino van mal” y que “cuando los pueblos agotan su paciencia suelen hacer tronar el escarmiento”. Una clara toma de posición reforzada por la reafirmación de la alianza de clases, y el rechazo a otra interpretación del justicialismo: “no hay rótulos que califiquen nuestra doctrina y nuestra ideología,” declara.

Curiosamente, uno de los que lo vio claro fue el corresponsal de Le Monde, que señaló: “El general Perón, en su mensaje del jueves, dio una lección a la juventud del partido que ya creía asistir al principio de una revolución y al ingreso en una patria socialista.”

Luego al recibir a Osinde, Kennedy y el resto de la comisión organizadora, pero no a los “jóvenes” Righi o Robledo (el ministro de Defensa), envía otra señal de su posición que “la Orga” y cía. no pudieron -o no quisieron- ver. Más allá de quién tuvo la culpa de que, algo que hasta el día de hoy intenta dilucidarse, estaban las consecuencias políticas. Quienes eran los vencedores y quienes los vencidos. Y es ahí donde el que definía los términos era Perón, y sólo Perón.

A partir de este momento todo fue cuesta abajo para la izquierda peronista, y el golpe de gracia se los dio el mismísimo Viejo: el 1º de mayo del ’74 se realizó un acto conmemorativo del día del Trabajador en la Plaza de Mayo, para demostrarle a Perón su capacidad de movilización e intentar forzarlo a cambiar el rumbo de sus políticas de gobierno hacia un “socialismo nacional” (como ellos mismos lo llamaban), la JP y Montoneros llevaron miles de personas a “dialogar” con el Jefe. Si había algo que el Macho aborrecía era que alguien “levantará” a las masas en su contra, por lo que terminó echando de la Plaza a aquellos, en sus propias palabras, “imberbes”.

De ahí en más fue todo para la derecha y para los manejos del Brujo y la niña rubia, que esperaban la muerte del General para hacerse con el poder, lo que efectivamente ocurrió con la muerte de este el 1º de julio de 1974 a las 13.15 horas. Fueron ellos quienes cedieron antes las presiones de los militares y firmaron los decretos que les permitieron actuar “legalmente” contra la guerrilla.

El resto es historia conocida y, según reza una canción popular, “heridas que no cierran, y no dejan ver.”

Final


Al final de ese fatídico 20 de junio la multitud comenzó a regresar a sus casas. Una sensación de derrota se palpaba en el ambiente. Las banderas envueltas y las cabezas gachas lo decían todo: el reencuentro con el Conductor había resultado ser un fiasco, y las palabras de Cámpora: “ahora más que nunca se encuentra el general Perón entre nosotros” sonaron como una retórica vacía de contenido, casi a una disculpa, más teniendo en cuenta el saldo que dejó la masacre: 20 muertos y más de 200 heridos. Como ya se dijo, dos años después Perón moría, dejando el gobierno en manos de los sectores más reaccionarios -e incapaces- que llevaron al país a la ruina y marcaron nuestro futuro durante, por lo menos, las tres décadas siguientes.


[1] Juventud Peronista, Juventud de Trabajadores Peronistas y Juventud de Universitarios Peronistas, respectivamente.

De este artículo, escrito a mediados del 2005, un compañero de facultad me dijo que se balanceaba entre el gorilismo y el peronismo revolucionario. Puede ser: vengo de familia radical pero me he ido adentrando con los años en lecturas cercanas a la Tendencia. Hubo una época en la que escribia como Sábato. Ahora mezclo todo.

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